Viernes Santo: un camino de entrega

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Viernes Santo: un camino de entrega

El Viernes Santo contemplamos a Jesús en su humanidad sufriente, entregada, experimentando la burla, el desprecio, la soledad, la falta de respeto, el abandono, el dolor, el desprecio, la cruz… todo esto que nosotros también experimentamos.

En la carta a los Hebreos leemos: “Teniendo, pues, tal Sumo Sacerdote que penetró los cielos – Jesús, el Hijo de Dios – mantengamos firmes la fe que profesamos. Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado”. (Cf. Hb 4,14-15). Este texto nos confirma que Él sale en nuestra ayuda en los momentos difíciles porque también los ha experimentado.

Hoy también podemos detenernos a contemplar los gestos de Jesús, viviendo momentos difíciles los acepta para hacer fácil el camino a los demás. En medio de sus sufrimientos piensa en los otros: Cuando lo arrestan en el huerto de Getsemaní pide; “dejad marcha a estos (sus discípulos) …” (Cf. Jn 18, 8) y al ver sola a su madre le dice: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” y al discípulo: “ahí tienes a tu madre” (Jn. 19,26-27). Experimenta la negación de Pedro, que los guardias: lo abofeteen, se burlan de él, le pongan una corona de espinas en su cabeza, pidan que lo crucifiquen, se repartieran su ropa, le dieran a beber vinagre y la muerte en cruz. Al final de todo este sufrimiento entrega su espíritu al Padre, pero antes ha exclamado: “Está cumplido”.

Toda la vida de Jesús fue una entrega a los demás hasta las últimas consecuencias.

Ayudados por el siguiente poema, preguntemos a un rey en la cruz:

 

¿Qué corona es esa que te adorna, que por joyas tiene espinas?

¿Qué trono de árbol te tiene clavado?

¿Qué corte te acompaña, poblada de plañideras y fracasados?

¿Dónde está tu poder? ¿Por qué no hay manto real que envuelva tu desnudez?

¿Dónde está tu pueblo?

Me corona el dolor de los inocentes.

Me retiene un amor invencible.

Me acompañan los desheredados, los frágiles,

los de corazón justo, todo aquel que se sabe fuerte en la debilidad.

Mi poder no compra ni pisa,

no mata ni obliga, solo ama.

Me viste la dignidad de la justicia

y cubre mi desnudez la misericordia.

Míos son quienes dan sin medida,

quienes miran en torno con ojos limpios,

los que tienen coraje para luchar y paciencia

para esperar.

Y, si me entiendes, vendrás conmigo.

(Preguntas a un rey en la cruz / José María Rodríguez Olaizola)