24 Oct ECO: domingo 26 de octubre de 2025
Evangelio de Lucas 18, 9-14:
En aquel tiempo, Jesús dijo esta parábola a algunos que se confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás: «Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano.
El fariseo, erguido, oraba así en su interior: “¡Oh, Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”.
El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “Oh Dios!, ten compasión de este pecador”.
Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».
Comentario:
“Quita las máscaras, sea tú mismo”
En el texto evangélico de este domingo, Jesús nos presenta dos personajes.
Los dos se presentan en el templo, pero cada uno de ellos tiene un propósito distinto para el encuentro con Dios.
El fariseo, antes de exponer su rechazo hacia un tipo de personas, presenta “su currículo”, enumera las cosas que hace considerando que es lo que vale delante de Dios.
Por el contrario, el publicano, se concentra en sí mismo, en su interior y reconoce que su vida tiene fallos.
El fariseo a pesar de que haya hecho mucho esfuerzo en justificarse, sus palabras no llegaron a Dios, pero las pocas palabras del publicano conmovieron a Dios.
Al leer este Evangelio puedo decir: tengo claro que yo no soy el fariseo sino el publicano: sincero, consciente de mi interior y reconociendo mis faltas de bien. Pero, ¿verdaderamente es así en mi vida? Si miro a mi corazón con sinceridad, ¿qué encuentro? Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido. ¿Qué significa para mí enaltecerme y ser enaltecido?
A mí, estas palabras del Señor me hacen pensar cuando una persona usa máscaras. Quien se enaltece así mismo, es decir quien se pone títulos, premios deseados no obtenidos y sobre todo méritos que no son suyos, es como una persona que se pone máscaras, las cuales le desfiguran y le quitan su verdadera imagen, la soñada por Dios para ella. Y al final se olvida de su verdadero rostro, el único que forma el propio ser.
El Evangelio de hoy me invita a tener el coraje de quitar “mis máscaras” y volver a vivir en la Verdad.
Agnieszka Zagajewska RMI
